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CEDETRABAJO CULTURAL, Gustavo Adolfo Quesada Vanegas / Julio 10 de 2014 

Sea lo primero agradecer a Ditirambo Teatro y a su director Rodrigo Rodríguez por haber patrocinado este evento, facilitado este bello espacio y haber cedido la presentación de la obra “Ni mierda P’al perro” protagonizada por la actriz Margarita Gallardo, en homenaje a Rodrigo Saldarriaga. Igualmente a Ricardo Camacho director del Teatro Libre de Bogotá en cuya sede de la Candelaria, en el día de mañana, se presentará el monólogo “Emily Dickinson, la bella de Amherts” de William Luce, dirigido por Rodrigo Saldarriaga e interpretado por la actriz del Pequeño Teatro Omaira Rodríguez. De manera especial y en nombre de CEDETRABAJO CULTURAL, un agradecimiento especial a Gabriel Moure quien de manera desinteresada nos dio una colaboración esencial para la organización de este homenaje. Igualmente a Carmen Escobar quien cuido con esmero y en todos sus detalles, incluso hasta el día de ayer antes de tomar el avión, la preparación de este homenaje.

Pues bien, nos reunimos hoy, polistas y amigos del arte para rendir homenaje a Rodrigo Saldarriaga Sanín fallecido el pasado domingo 22 de junio. Ya se le ha rendido tributo de admiración en la sede del Pequeño Teatro de Medellín, en las Asambleas de Santander y Antioquia, en el Consejo de Medellín y en los noticieros y periódicos departamentales y nacionales. Su recorrido, su lealtad a su quehacer de más de cuatro décadas, el significado de su trabajo y su presencia continua en la política democrática y en las luchas populares, que lo hicieron acreedor a una curul en la Cámara de Representantes por el departamento de Antioquia, fueron suficientes para que hasta los medios de comunicación más conservadores se vieran obligados a reseñar su vida y su obra. No vamos a repetir su biografía, baste recordar que fue fundador del Pequeño Teatro de Medellín, experiencia singular por su profunda ligazón con los sectores y barrios populares de Medellín, que financiaban voluntariamente las presentaciones, lo que permitió, en parte, la construcción, en una bellísima casa republicana, de la sede del Pequeño Teatro, en la que funcionó igualmente la Escuela de Teatro; que recorrió diversos lugares de Colombia llevando su mensaje revolucionario en ocasiones en escenarios naturales; que representó a Colombia en jornadas teatrales en diversos lugares del mundo y que montó más de setenta obras, en ocasiones de su propia creación, en otras realizando versiones de obras clásicas y contemporáneas de profundo calado crítico y humanista, y en algunas, apoyado en las versiones de autores con reconocimiento nacional e internacional. Al final de sus días, luego de haber sido candidato a la gobernación de Antioquia, en dos ocasiones,  iba a comenzar la que sabíamos una prometedora presencia política en el legislativo, en representación del Polo Democrático Alternativo, defendiendo los intereses nacionales y populares.

Profunda ha de ser la nostalgia de quienes trabajaron con él y gozaron de su vivacidad, sus convicciones, su talento, su energía sin paralelo y su fino humor crítico. Igualmente es honda, la de quienes apenas cruzamos caminos con él, por ejemplo en la conmemoración de los 200 años de la Revolución Comunera, y quedamos con el vacío de un conocimiento personal más inmediato y duradero. Seria es la pérdida para la Colombia que pugna por abrirse camino en medio de las asechanzas del neoliberalismo y las multinacionales coludidos con las élites más corruptas y entregadas de nuestra historia.

Lo que nos interesa en el día de hoy es resaltar una vida entregada a la causa de los oprimidos, desde los albores de los setenta y hasta el día de su muerte. Fue un “fogonero de la revolución”, en el afortunado emblema de Francisco Mosquera. Como “descalzo”, como activista en barrios y entre la juventud y fundamentalmente en el teatro, siempre su voz y sus palabras estuvieron al servicio de los oprimidos y de la nación colombiana.

Igualmente su actividad, desde los primeros ejercicios con Jairo Aníbal Niño, estuvo dedicada al teatro. Había que recuperar el ethos griego y shesperiano que permite al teatro ser el espacio público y masivo, por excelencia, en el que se plantean y confrontan los conflictos filosóficos, sociales, políticos y éticos de la vida y de la historia. Porque como afirmó Jorge Gaitán Durán el arte no debe ser solamente estético sino ético. Y esa fue la aspiración de Rodrigo: hacer confluir en un solo ámbito la estética y la ética, el arte y la política. Tarea compleja. El arte y la política siempre han estado juntos pero en una relación tensa y en algunas ocasiones contradictoria. El arte se resiste a la simplicidad del esquema, pero se rehúsa igualmente a ser apolítico. Lograr esa difícil confluencia, tocar el alma viva de los hombres y las clases, sus aspiraciones, sus sufrimientos y sus luchas, precipita en el artista graves conmociones de su sensibilidad, a la vez que le da la materia prima de su obra. Persistir en el empeño, sortear las crisis, afirmar la unidad de lo diverso, husmear por caminos inéditos, insistir en las búsquedas y acercarse con ánimo desprevenido a autores y obras no precisamente afines, le permitió a Rodrigo Saldarriaga ser íntegro y sincero, ser un revolucionario y un creador y un director de obras de altísima calidad artística.

Como tercera medida, en un país como Colombia, en el cual el conflicto nacional es cada vez más agudo por las políticas de neocolonización imperialista, y en el que las condiciones de vida de su población han llegado a un alto grado de deterioro y de enajenación, se requiere con urgencia, nuevamente, como aconteció en los setenta del siglo XX y del cual somos sobrevivientes, un amplio frente cultural que sin abandonar lo estético profundice en lo ético y lo político. Siempre antes de los grandes acontecimientos sociales el arte y en general la cultura han desbrozado el camino y han preparado las mentes para enfrentar las tareas del porvenir. Y esta tarea, que de nuevo cobra actualidad, la venía desarrollando Rodrigo Saldarriaga. La política revolucionaria, el teatro crítico y una profunda cercanía a las masas caracterizaron su tesón como creador y como hombre de partido. De su obra podemos inferir muchos de los elementos que deben caracterizar un frente cultural que recorra el país y sacuda la mente y la sensibilidad de los colombianos. Esta obstinación por propiciar el arte y la cultura democráticos, denunciar las componendas que se fraguan desde los TLC y las multinacionales, acercarse a las masas, darles el goce de  lo estético y educarlas, es tal vez una tarea de las más urgentes en el día de hoy para un partido revolucionario. Quizá hoy en día necesitamos más que nunca de la poesía y la plástica, de la música y el teatro, del cine y el video, nacionales, progresistas y populares, para enfrentar la pobreza humana y artística de la cultura alienante de las multinacionales y el imperialismo que han invadido los espacios de goce y reflexión. Requerimos de muchos, muchos, Rodrigos Saldarriagas.

Al honrarlo, para hacerlo palabra de nuestras palabras y emoción de nuestras emociones, el único camino es continuar los pasos que él venía andando y que indican con toda claridad el camino que hay que seguir hacia el futuro.

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