ISON, adiós para siempre
La Vía Láctea es una más de las innumerables galaxias que pueblan el universo. De tipo espiral, debe su nombre al color blanquecino de la luz de millones de estrellas ubicadas en el disco galáctico. Según el mito, su origen está relacionado con los senos de la diosa Hera, mujer de Zeus, de los cuales Heracles furtivamente se alimentaba. Cuando Hera se dio cuenta le retiró bruscamente el pecho y la leche se derramó por el firmamento formándose así la galaxia.
Hace algo así como 5.000 millones de años, en una de las espiras de la Vía Láctea, violentos acontecimientos gravitacionales en el interior de una inmensa nube de gas, dieron lugar al nacimiento de una estrella alrededor de la cual quedaron girando planetas, satélites, rocas y, en una nube muy lejana, miríadas de sucias bolas de nieve (cometas) en las cuales quedó congelada la historia del origen del nuevo sistema solar, el nuestro.
Ocasionalmente alguna de esas bolas sale disparada hacia el interior del sistema planetario. Una de ellas llevaba viajando un millón de años y pasaría cerca de la Tierra rumbo al Sol. Fue descubierta en septiembre por unos astrónomos cuyos telescopios se asientan en el país que vio nacer la primera revolución de los proletarios, la gran Rusia. La llamaron Ison. Artilugios telescópicos en el cielo y en la tierra vigilaban su movimiento.
Se esperaba que las noches decembrinas fueran iluminadas por el brillante viajero venido de los confines del sistema solar. Inclusive se barajaba la posibilidad de que se pudiera observar a simple vista durante las horas del día. Todo dependía de lo que pudiera pasar en la inevitable cita que Ison tenía que cumplir con su estrella central. La cita estaba concertada para finales de noviembre por las newtonianas leyes que gobernaban su movimiento.
Llegó el día señalado y Helios hizo prevalecer su masa y abrasadora temperatura durante el cercano encuentro con el minúsculo cuerpo sideral. El telescopio espacial SOHO lo vio acercarse raudamente hacia el Sol, darle la vuelta y después… nada, solo aparecieron brillantes luces de los restos de su núcleo de apenas un kilómetro de diámetro. Ra lo había masacrado. Ison nació de la violencia cósmica y tuvo el mismo final.
Pero la historia continúa. Hace tres meses astrónomos japoneses, con el telescopio Subaru fotografiaron a Lovejoy, brillando a 80 millones de kilómetros de nuestro terráqueo hogar. ¿Qué destino tiene preparado Sua al nuevo cometa?
Guillermo Guevara Pardo
Guillega28@gmail.com



