El saqueo del presente, la destrucción de la memoria
Por Héctor Hernán Díaz Guevara
Historiador y Archivista.
Maestrando en Enseñanza de la Historia, UMSNH.
La evolución de la organización social ha venido acompañada de dos objetivos : por un lado dar respuesta a las necesidades económicas (materiales) con las que los hombres se han encontrado desde el inicio de los días gracias a lo cual logró erigirse en sociedad, y por otro lado la implicación directa de esas relaciones de las que nace la cultura y desde ella cómo se pueden entender entonces las relaciones sociales, entre otras, la memoria como necesidad del hombre que con el pasar del tiempo se vuelve Historia, para ayudar a las sociedades a ubicarse en el tiempo y el espacio. Por tanto, para significarse como sujetos, se vale del arte, de las tradiciones y de los saberes populares, de los vestigios arqueológicos, así como del cúmulo de bienes inmateriales que definen al patrimonio cultural[1].La función de la historia –y de la memoria– es dotar a los pueblos de sentido común para trazarse objetivos como sociedad.
Aparece entonces el problema del pasado para entender el presente, y con ello llegamos al problema del galeón San José, recientemente hallado en territorio marítimo colombiano; ¿por qué el problema? Porque infortunadamente el patrimonio de todos los colombianos, que es también patrimonio general de la humanidad, ha entrado de lleno, y sin vergüenza, en la dinámica que este gobierno (y todos los anteriores en los últimos 25 años) entreguista y desmemoriado ha impuesto sobre el pasado del país. Para Juan Manuel Santos, su Ministerio de Educación y el de Cultura son sencillamente unas subsidiarias del Ministerio de Hacienda, que a su vez es una simple franquicia de la OCDE, quienes tratan el patrimonio reduciéndolo a una simple cuestión utilitaria: despojar al pasado de toda su importancia con el fin de no construir una nación libre y soberana, despojando al pasado de ese doble vínculo descrito por Luis Villoro, como la ayuda para entender el presente siendo el ahora que busca las respuestas en el ayer[2].
Dicen los arqueólogos e historiadores conocedores del tema que hay más de diez millones de pesos de la época (diez mil millones de dólares actuales)[3], entre piezas invaluables, monedas de cuño de oro de ley con el selo de “Su Majestad”, lingotes de plata y esmeraldas[4]. La cuestión patrimonial pasa a jugar un papel clave en lo que sería la construcción de los estados americanos[5] pues entre los tantos logros conseguidos, como la promesa de acabar con la esclavitud en el continente (que en medio de todos los tropiezos se logró conseguir antes que, por ejemplo, en Estados Unidos) se cimentó en la crítica vigente sobre este modelo de explotación. Ya que fue a través del trabajo esclavo como se acumuló la inmensa riqueza que España extrajo del Nuevo Mundo y como consecuencia también la mayoría del botín presente en el Galeón a la hora de su hundimiento a manos de los ingleses en 1708.
El tesoro hundido lleva dentro de sí el valor intrínseco de la explotación, pues el oro –por citar un caso– más allá de la joyería o de ser destinado para bienes suntuosos no posee mayor valor, lo que lo hace costoso es la cantidad de trabajo necesario para obtener unos cuantos gramos, de ahí su uso en ese entonces como moneda de cambio y de reserva según los cánones del bullionismo[6] imperantes en el Antiguo Régimen de los Habsburgo y de los borbones (los nuevos inquilinos en El Escorial).
Entonces este tesoro que yace frente a Cartagena equivale al trabajo esclavo o semiesclavo que padecieron millones de africanos e indígenas en nuestro territorio americano[7]. Entonces ¿cómo se puede entender que el gobierno de Juan Manuel Santos, en lugar de pensar en una propuesta patrimonial que reivindique lo valeroso de la Independencia del centro metropolitano ubicado en Madrid piense en el valor utilitario de dicho tesoro? E igual de absurdo, ¿cómo España pretende reclamar la totalidad de la carga que yace en las costas de Barú, aduciendo que dicho buque tiene inmunidad diplomática por ser un barco militar? Y como era de esperarse, los Estados Unidos también tienen intereses dentro de esta disputa, pues una compañía de cazatesoros, de mercenarios, llamada Sea Search Armada lleva reclamando el descubrimiento del tesoro ¡hace ya tres décadas! Y dentro de las políticas entreguistas a que nos tienen acostumbrados no debería extrañarnos que terminen haciéndose ellos también con una buena parte del naufragio.
Las necesidades del capitalismo, ayer y hoy, llevan al despojo de los países periféricos
En primer lugar, hago alusión al más que evidente anacronismo que se encuentra detrás de comparar la explotación del capitalismo comercial, pre-industrial con el actual –tres siglos después de un largo proceso de consolidación– en su fase neoliberal[8]. Sin embargo, hay una serie de coincidencias que vale la pena señalar. Por una parte, la tarea de despojo que se inició en los primeros 50 años del periodo conocido como la Conquista, (que abarca la primera parte del siglo XVI) se dio a la tarea de destruir los elementos que servían a los aborígenes americanos como elementos de unidad y de conciencia de sí, con el pasar del los años los instrumentos de dominación de los indígenas así como de criollos y mestizos que aquí vivían se fueron perfeccionando, tanto así que para evitar sublevaciones la Corona imponía gobernantes de afuera (peninsulares) y mantenía alejados a los americanos de las fuentes de la cultura y la filosofía que despertaban en otros lugares de Europa. A los americanos se les quitó primero el oro, luego la tierra y con ello se les intentó dejar sin identidad.
El saqueo de los tunjos, collares y figuras de oro que muchas veces representaban a los dioses americanos –por lo que significaban un valor de uso mucho mayor que su valor de cambio– al caer en manos de los españoles eran apilados para ser fundidos y así llevados a España, a financiar todas las intrigas que abundaban en la corte de Felipe V y sus interminables guerras contras las demás potencias europeas.
De manera similar en que el oro se utilizaba hace tres siglos para costear intereses externos a los de los americanos, el gobierno de Colombia aprobó en 2013 la ley 1675 que cambia la figura constitucional que protege el patrimonio nacional sumergido –que era considerado hasta ese entonces como un bien inajenable de la nación, por hacer parte de la cultura de todos los colombianos– con lo que se considera que las piezas repetidas dentro del pecio podrán ser vendidas pues dejan de verse como elementos propios de la cultura para ser considerados como bienes mercantiles, cuantificables y explotados a través de la nefasta figura de las alianzas público-privadas cuyos efectos ya se han visto en la educación o en las obras de infraestructura. Lo que significaría que hasta el cincuenta por ciento de dichos bienes podrían ser entregados a compañías de cazatesoros; además el Gobierno no ha mostrado ningún interés en señalar a los posibles beneficiarios.
¿Qué intereses subyacen a la entrega del patrimonio?
Como ya señalé, por una parte las potencias imperiales de ayer y de hoy no tienen mayor interés en dejar que los pueblos tengan su propio pasado; por el contrario, sus intereses radican en eliminar ese pasado que puede llegar a parecerles conflictivo, como en el famoso incendio de la biblioteca de Alejandría por parte de las huestes de Julio César[9], pasando por la tristemente famosa quema de libros de 1933 en donde el partido Nazi, en Alemania, quemó lo más brillante de la cultura occidental[10], hasta el saqueo premeditado de la biblioteca de Bagdad perpetrado por las tropas estadounidenses hace apenas una década, saqueo que llama la atención porque allí estaba buena parte de los registros históricos de la cuna de la agricultura y la escritura, de la matemática, química y astronomía de las primeras civilizaciones. Todo esto pasó frente a millones de televidentes que veían impávidos cómo la aviación de la coalición liderada por los Estados Unidos bombardeaba la biblioteca y permitía el saqueo del patrimonio del pueblo iraquí[11], pues el interés de los invasores radicaba en consolidar su presencia económica a través del uso de la fuerza sobre las segundas reservas más grandes de petróleo.
Las conclusiones de este análisis preliminar son variadas: se puede demostrar que la destrucción de la memoria es una práctica de dominación necesaria por las prácticas hegemónicas imperialistas. Por tocar solamente una parte de las aristas, el gobierno de Juan Manuel Santos gusta de acomodar las leyes de la República, así como todos los mecanismos que el Estado dispone para hacer entrega redonda de las riquezas del país, de las cuales no se excluye el patrimonio nacional, para facilitar la tarea de recolonización de Colombia, pues un pueblo sin identidad y sin pasado tendrá menos elementos para levantarse en una lucha social para defender su soberanía, ya que al perder la noción sobre su pasado difícilmente tendrá posibilidades de explicar y cambiar su presente.
[1] La UNESCO dentro de las dos grandes categorías que definen al patrimonio contempla al patrimonio inmaterial, que serían las expresiones artísticas tradicionales, populares que son intangiles y al patrimonio material como los vestigios arqueológicos, piezas invaluables o zonas de interés para la humanidad. http://www.unesco.org/culture/ich/doc/src/01851-ES.pdf y http://whc.unesco.org/archive/convention-es.pdf
[2] Esta explicación detallada se encuentra en el ensayo titulado El Sentido de la Historia, del libro Historia ¿para qué?, publicado por Siglo XXI.
[3] Según la Revista Semana el valor mercantil –que corre el riesgo de caer en manos de privados- es cercano al monto de la deuda externa de Colombia, en: Semana, Esta es la historia del galeón San José, [consultada el 28/12/15] versión web disponible en: http://www.semana.com/nacion/articulo/hallan-el-galeon-san-jose/452292-3 Sin embargo, contrastándo esta información con otras fuentes –entre ellas el último reporte sobre la situación de la deuda externa bruta colombiana emitido por el Banco de la República- el monto no es ni cercano a los casi cien mil millones de dólares que se adeudan en total.
[4]Esto sin contar el contrabando, piezas no registradas dentro de las embarcaciones que era situación muy común en las embarcaciones que partían hacia España desde América. El contrabando –como es evidente- se hacía con el fin de no pagar los tributos correspondientes a la corona.
[5]Vale la pena resaltar dentro de esta lógica las políticas adelantadas en México por José Vasconcelos (1882- 1959), quien desde la Secretaría de Educación Pública y como rector de la Universidad Nacional Autónoma de México adelantó una política cultural de rescate del patrimonio, ligada a acciones educativas de alfabetización y creación de escuelas y universidades públicas.
[6] Esta política económica presentada en el marco del mercantilismo consideraba que la riqueza de un país radicaba en exportar la mayor cantidad posible de productos e importar un número muy reducido de ellos, sin embargo cómo se sabe el hecho de que un Estado exporte un gran porcentaje de su PIB (como lo es, por citar un ejemplo, el caso de la República Democrática del Congo que exporta cerca del 80% de su producción total) no significa que ello redunde en un crecimiento económico real, como lo demuestra Jorge Robledo en El TLC recoloniza a Colombia.
[7]La explotación indígena, aunque fuera según las Leyes de Indias, menos severa que la africana en términos prácticos era igual, pues las figuras de la Encomienda o la Mita perpetraban figuras de producción más cercanas a la esclavitud que a la de productores libres, como los mazamorreros (quienes nunca tuvieron una participación tan importante en los volúmenes de producción de metales preciosos, al menos para el caso del Nuevo Reino de Granada.
[8] Con seguridad la mejor explicación que de este proceso de consolidación del capitalismo se ha hecho hasta el día de hoy sigue siendo la presentada por Carlos Marx en el capítulo XXIV del Capital, titulada Sobre la acumulación originaria del capital.
[9] El pasaje más recordado de este episodio de la Historia de la Humanidad es aquél diálogo que George Bernard Shaw recrea en César y Cleopatra en donde un emisario interpela a César alertándole que arde la memoria de la humanidad y este le responde “que la deje arder, es una memoria de infamias”
[10] Los autores quemados por ser considerados “degenerados” y “contrarios al espíritu alemán fueron (entre muchos otros) Carlos Marx, Thomas Mann, Lenin, Engels, Remarque, Hemmingway, Heinrich Mann, Heinrich Heine, Sigmund Freud, entre muchos otros grandes genios de la humanidad.
[11] El investigador Fernando Báez en su obra la historia universal de la destrucción de libros presenta un estudio detallado sobre los móviles que llevan a la quema del patrimonio artístico y cultural de los pueblos invadidos.



