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“José Antonio Suárez”

 

Dibujante y grabador nacido (1955) y formado en Antioquia, tiene desde hace muchos años una obra que le pertenece plenamente, crecida en silencio y a la sombra de los grandes nombres que se han sucedido unos a otros desde los años 30 hasta hoy, cuando el arte conceptual y otras manifestaciones “contemporáneas” se han tomado todos los escenarios. Con una dedicación, recogimiento y entrega íntegras, su trabajo constituye ya una obra, plena, que ha pasado desapercibida por su discreción misma, su reserva, su actitud y su pequeño formato de libretas caseras y cuadernos escolares, exigiéndonos así respetar nuevamente el mundo personal, privado, íntimo de un artista, y su soledad, límpida y nítida, sin pretensiones, protagonismos ni ingeniosidades; sin exhibicionismo del talento, búsquedas de eficacia o impacto; sin demostraciones de rebeldía, sin urgencias estentóreas, sin codicia de presencia o figuración, sin propuestas “brillantes” y “críticas”, sin soberbia, sin afanosas sentencias, sin exitosos egos… no, tan solo un laborioso traer del universo, una mano atenta, minuciosa, honesta y libre, y un corazón leal. La libertad no es una proclama, es un amoroso, viejo y sereno oficio; no es una bandera, es el día a día, el día a día de quien ilustra, callando amor y asombro, su propio diccionario del mundo. A este artista no le importan la expresión, el estilo, la búsqueda, el éxito, la polémica… Tal vez sólo el dibujo, y perpetuar un antiguo oficio, un saber, un lenguaje. Samuel Vásquez cita a Beckett: “Escribe imágenes, dibuja palabras”, y dice: “Suárez enumera, suma, compone. Y, a pesar de su refinamiento, hay algo elemental en su obra; se mezclan su cultura visual y la aleatoriedad del encuentro: hay un acervo de referencias y, a la vez, una biótica primigenia, lo que confiere seguridad y juego.” Un hombre tranquilo que observa, valora, cultiva y realiza un trabajo manual al lado de un niño. Inmerso en el tiempo y en el ser. Escribe Samuel Vásquez, haciendo historia: «Durante muchos años la imaginativa obra de Suárez fue deliberadamente ignorada por el grupo de escritores antioqueños… ocupados en… difundir la obra de los dibujantes de putas muy de moda por entonces en la ciudad [de Medellín], porque esa obra “sí expresaba cabalmente su identidad antioqueña”»

.S.M.D.

“De mis libros”

a&lEn noviembre pasado la colección «Libro al Viento» del Instituto Distrital de las Artes, núm. 102, publicó la antología de poemas y prosas –de circulación libre– de Álvaro Mutis: DE MIS LIBROS, 205 páginas. Diecinueve textos de dieciséis libros, publicados entre 1948 y 2011: su conferencia sobre “La desesperanza”, un ensayo sobre Marcel Proust, el texto con el que presentó en México a Jorge Zalamea y el que escribió para la entrega del premio «Águila Azteca» a García Márquez en 1982; poemas –“El Hospital de los Soberbios”, “Exilio”, “Arthur Rimbaud”, “Oración de Maqroll”, “Una invocación”…–; sus nocturnos y prosas poéticas dedicados a la tierra caliente, al Gaviero y a los ríos de su madurez y de su infancia; su relato sobre el destierro de Bolívar y el llamado “La muerte del Estratega”, calificado por Jorge Luis Borges como “una de las más bellas historias de amor que he leído”; y una brevísima muestra de sus textos periodísticos, de la cual reproducimos a continuación “Otra temporada en el infierno”.

Otra temporada en el infierno

Igual se llegue por tierra o por aire, la desolación lunar, la árida monotonía del paisaje, anuncia la cercanía del sitio. La vegetación se va haciendo cada vez más rala, más enteca, hasta que se entra de lleno a un desierto de rocas sin orden ni concierto, sin dunas ni horizonte. La sórdida aglomeración de edificios presenta de pronto como un vasto basurero donde se hubieran arrojado al azar los intentos menos infelices de algo que pretendía ser un remedo de la arquitectura de nuestra época.

Un viento seco levanta mansamente el rojo polvillo que, como una nueva maldición, flota día y noche sobre el lugar. Un gigantesco letrero de neón, absurdamente encendido en pleno día, nos informa que estamos en Las Vegas, Nevada. Desde ese momento una sensación de náusea, una imprecisa angustia, nos acompañará hasta el momento en que abandonemos este informe agrupamiento de edificios que jamás podrá designarse como una ciudad.

Al llegar la noche una orgía de neón ilumina a giorno las tres o cuatro avenidas principales y las fachadas de los hoteles. Entre éstos hay todos los horrores: desde un rascacielos, pudoroso, detentador de un nombre famoso en la hotelería del mundo entero y cuyas monótonas fachadas pretenden recrear un respetable tono neoyorquino, hasta el que se presenta como una carpa de circo monumental en donde los mensajeros y empleados están maquillados y vestidos como payasos, o el que pretende ser una réplica de un palacio de la China imperial y en cuyos vestíbulos nos amenaza una población de dragones y de barrigudos budas sonrientes. Hay también una monstruosa construcción, que intenta recordar la suma de las más conocidas ruinas de la Roma de los Césares, pero esto requiere mención aparte.

Al llegar la noche una orgía de neón ilumina a giorno las tres o cuatro avenidas principales y las fachadas de los hoteles. Entre éstos hay todos los horrores: desde un rascacielos, pudoroso, detentador de un nombre famoso en la hotelería del mundo entero y cuyas monótonas fachadas pretenden recrear un respetable tono neoyorquino, hasta el que se presenta como una carpa de circo monumental en donde los mensajeros y empleados están maquillados y vestidos como payasos, o el que pretende ser una réplica de un palacio de la China imperial y en cuyos vestíbulos nos amenaza una población de dragones y de barrigudos budas sonrientes. Hay también una monstruosa construcción, que intenta recordar la suma de las más conocidas ruinas de la Roma de los Césares, pero esto requiere mención aparte.

Los circuitos cerrados de televisión en los cuartos de los hoteles proyectan en forma continua una breve iniciación a los principales juegos de azar que reinan en Las Vegas. En los intermedios de tan minuciosas lecciones se presenta el anuncio de una sociedad de «jugadores anónimos» que acoge a quienes deseen librarse del flagelo del juego. Típica tartufería luterana que sólo agrega horror al ambiente ya de suyo irrespirable. La prostitución de ambos sexos pasea sus carnes cansadas y su vergonzante sonrisa por los vastos espacios de las salas de juego. Ha ido a recalar allí la ajada mercancía que no encuentra ya clientes en los barrios bajos de las grandes urbes del norte ni en las soleadas calles de Miami o Nueva Orleáns.

No hay huida posible en este inconcebible círculo del infierno. De hotel en hotel, de restaurante en restaurante, de gasolinera en gasolinera, vamos reconociendo la misma materia insípida y vencida, ya por completo ajena a las más elementales condiciones de humanidad. El colmo del horror nos espera cuando, de repente, a la entrada del grotesco remedo de un palacio romano, de unas termas neronianas, nos encontramos con la estatua de Marco Aurelio que confiere inmortalidad y gracia supremas a uno de los más bellos espacios concebidos por el hombre: la Plaza del Campidoglio en Roma. Sólo que aquí es de plástico que imita el bronce y tres veces mayor que el original. La protege una enorme cúpula de yeso iluminada con una tenue luz violeta. No es concebible horror igual que el de encontrarse con la efigie de uno de los más altos ejemplos de la bondad y del saber humanos, sirviendo de escarnio en este espacio en donde la sociedad de consumo ha conseguido la más feliz y exacta representación de su miseria. La reflexión es obvia: si éste es, al fin y al cabo, el paraíso que anhelan los dueños de la más abrumadora suma de poder de que se haya dispuesto desde que el hombre apareció sobre la tierra, no cabe hacer cálculos muy alentadores sobre la suerte que nos espera.

(México, mayo de 1986)

La ciudad, la familia, la pareja, todo acto ajeno, es un escenario psicológico, del que nadie puede escapar, la telaraña en la que se debate nuestra inteligencia. No hay destino humano más allá de los demás. La libertad que Jaime Echeverri le concede al hombre parece estar en la sexualidad, en reflexionar en la propia situación y en el arte, entendidos como actos fallidos de rebeldía. No hay destino individual. Incluso la esperanza es un espejismo. “Quedar envuelto entre los valores ajenos… resulta aterrador.” El texto que publicamos pertenece a su novela Corte final, editada en México en 2002, próxima a aparecer en la ciudad de Manizales, personaje de esta obra.

S.M.D.

JAIME ECHEVERRI

[…]

a&lNací sin estrella. Ni constelación ni estrellas protectoras, nada para salvarme. A merced de mis oleadas de silencio y de mis turbulencias interiores, movido por el bravo oleaje de mis sentidos, desorientado por mis sinsentidos, al garete, a merced de los vientos, expuesto a tormentas y tormentos. Malvado, desastroso, ruín, vil. Habitante de un espacio cerrado donde nada sucede o lo que pasa es vivido como resultado de una maldición. La tribu insistente acosa y acusa. El renegado, el indolente, señalado por todos, el estigma grabado en la frente. Hijo de mala madre. Hijo de padre aturdido, acorralado por las malas lenguas, perseguido por el rumor, asediado por miradas burlonas. Mejor esconderse, no salir, esperar que la tierra se abriera y trágame tierra y devórame aire. Tomar el elíxir de los invisibles, ese que no existe. Ese mismo. Mejor esconderme antes que sentir la mirada de la gente al pasar a mi lado. “A ese se le mató el papá”. Eso susurraban en cuanto me veían. Y el día se volvía oscuro, la calle angosta, el cuerpo propio evidente. Se le mató el papá. La frase queda impresa en la mente y no se borra con nada. Nada sirve para olvidar. ¿Yo creía que mamá era la culpable, como querían dar a entender las lenguas de la ciudad en el atrio de la catedral? No sé. No sé qué pensaba en esos momentos. Emilio, el amigo de mamá, buena persona él, buena gente. Me aconsejaba, me ayudaba a soportar la carga del colegio. Me irritaba que se metiera tanto en mis cosas, que estuviera esculcando en mi vida, pero su calidez me desarmaba y agachaba la cabeza y permitía su intromisión. Iba a la casa, llamaba por teléfono a mamá. Mi hermana o yo contestábamos sin ocurrírsenos pensar en algo diferente a una amistad estrecha y sincera. No había nada oculto. Jugaban a las cartas. Emilio era del grupo de jugadores que llegaba a la casa una o dos veces cada mes. Las otras veces estaban en la casa de algunos de los amigos o en el club. Cuando venían a la casa todos salíamos ganando. Mamá preparaba postres y pasabocas. A veces bebían y papá alegremente nos daba más de lo debido a mi hermana y a mí. La casa era una fiesta, rota solamente por alguna derrota en el juego. La casa era toda risas y flores y libertad para nosotros que podíamos quedarnos jugando con los amigos del barrio hasta bien tarde. Otras calles de la memoria. La vida estaba afuera, tal vez. Lo importante era lo de más allá de la puerta. El mundo de papá y sus amigos, el universo de mamá no lograban despertar mi interés. En esas tardes servía como pretexto, como oportunidad de estar sin restricciones afuera, donde todo sucedía en serio. Ahora, mientras el tiempo pasó y dejó unos años en el cuerpo y cicatrices en el alma, se confunden los mundos. Atípico personaje salido del rol indicado por el guión, no me daba cuenta de nada. Embebido en mí mismo, en mis pequeñas triviales preocupaciones que, entonces, parecían de vida o muerte, que eran de vida o muerte, no miraba, no veía nada.

a&lEl cuerpo de mi padre cuelga de la ducha. Lo vi yo primero. No queda grabado, es un cuerpo no más, salido de algún sueño olvidado. No dejó nada, ninguna nota, ninguna carta a nadie. Simplemente se cuelga y la vida en la casa se convierte en otra cosa. Las voces de la ciudad gritan. Claman venganza, acusan a mamá. Por Emilio, el partner. También socio del club. Miembro de ese grupo privilegiado, del clan del orgullo. Si llegué a sospechar algo distinto, mejor, si llegué a creer que mamá y Emilio se la jugaban a papá, me lo oculté, lo escondí, o lo integré a mi filosofía vital. Había hecho del vivir una teoría donde todo estaba permitido. Y la culpa no tenía lugar. El derecho natural de mamá consistía en mantener su relación con Emilio, fuere cual fuere su condición. Si eran amantes, ¡ojalá la pasarán super bien! Si no, que la pasarán bien. A nadie le importaba lo que pudiera suceder entre los dos. El cuerpo de papá colgando de un tubo. Casi podía ser un chiste. Un cuerpo inerte colgado de un tubo de un baño. Hasta ahí creí en su fuerza. Se me acabó el miedo. La muerte del padre favorece a los hijos, les devuelve su integridad, su ser. Y yo ¿Qué era? Qué es uno, fuera de una incógnita.

Así que las fuerzas son relativas. Papá no era tan fuerte como había creído. La fuerza de mamá, por otra parte, tampoco era una fuerza. Una cosa era el carácter y otra la fortaleza. La organización tribal de la ciudad nos condenaba, como si las circunstancias que nos rodeaban no fueran producto, precisamente, de la acción de ese grupo que se adjudicaba el derecho de salvar o condenar, de darnos la absolución. Si existía algún tipo de fuerza en los dos, la ciudad lo había minado, dejándolos a merced de los demás. Mi fuerza estaba en otro cuerpo. En el de C., mi único amor talvez. Por lo menos el más intenso. Creo que todos los amores que siguieron no han sido otra cosa que intentar la recuperación de ese sentimiento perdido. Era flaca y larga. Mi Modiglianni. Así le decía. Y ella me llamaba Diablo. Los largos días se volvían minutos y la vida se nos iba de las manos palpándonos los cuerpos. Caricias inexpertas. Nuestro deseo expiraba en los dedos. Trazamos entre los dos un nuevo plano de la ciudad. Caminamos entre la niebla, respirando con pasión el invierno. Mojándonos hasta el resfrío. Sin nada más allá de los ojos del otro, como si la vida sólo fuera un pretexto para nuestros encuentros, para besos detrás de muebles y puertas. Todo el mundo estorbaba. Despreciábamos la 23 y hacíamos largos recorridos por El Carretero. Desde el Batallón hasta Fundadores. Nunca pasamos una noche juntos. Abandonamos la trinchera del sofá de la sala de su casa, donde las manos escarbaban la ropa para encontrar la piel, imaginar el cuerpo tan cubierto en noches frías con la luz apagada y cuidándonos de producir ruidos que pudieran alertar a sus padres. C. quería estudiar medicina. Supe que su padre no quiso que fuera médico como él y la disuadió haciéndole creer que su inteligencia no daría para eso. Terminó ingresando a enfermería. Su padre era un desgraciado que intentaba anularla. Mientras estábamos juntos se salvaba momentáneamente de su crueldad. Yo intenté convertirme en salvador. Pero no pude. Algo no funcionó. Vivía en La Leonora y yo, sin un peso, caminaba hasta su casa muchas noches sombrías, nubladas, gélidas. C., amor, jirafa escapada de un zoológico de cristal, mi lectora, mi intérprete, navegante nocturna, compañera de sueños. Has de estar en alguna parte, soportando un marido que envejece, cuidando hijos que pudieron ser míos. Contigo supe que el amor es un sueño de dos cabezas. Aunque conocía los rumores sobre mamá y Emilio, sólo vino a nombrarlos cuando estalló el escándalo. Me acompañó al entierro de papá. Me ayudó a soportar las miradas de la gente.

a&lSi la fuerza no existe, si la ciudad estaba decidida a acabar con nosotros, debíamos hacer algo. Nada hicimos. Y ahora éramos el plato fuerte en las conversaciones dominicales y en las tertulias de café. Razonamientos que sirvieron para hacerme tomar la decisión de huir. La salvación podía estar en otra parte. Otro lugar. Una nueva ciudad, una urbe donde pudiera ser yo mismo sin depender del veredicto social. Pero el mal estaba hecho. Implacable, la ciudad terminó por marcarme el alma, por estampar en mí su sello condenatorio. Huí pero no me salvé. Para quien huye el horizonte siempre está detrás. Al frente sólo está el vacío, la oscuridad. La esperanza no es más que un espejismo. Caminar entre la niebla me enseñó a andar a tientas. Y eso hice desde entonces.

[…]

 

 

 

MERY YOLANDA SÁNCHEZ

El atajo

Aunque El Atajo recibió un segundo premio de novela el año pasado, este libro es otra cosa, no por experimentación o exploración, sino por la dolorosa honestidad que lo obliga a resignarse a su necesidad, a su espanto, a la realidad que se cierra a su alrededor “fuertemente como una mano”. Este libro es íntimo y brutal, secreto y abierto, sueño  y realidad, deseos destrozados y abismo público: crónica, denuncia, testimonio, diario, informe, conjuro… y pesadilla! Nuestra realidad reclama un esfuerzo formal semejante,  para poder ser contada, vivida, sobrevivida, sufrida, ya que no es ni siquiera una vida propicia a la vida misma, pues ni la favorece ni la dignifica. Sólo exponiéndose a ella se podrá saber de qué se trata. Así, esta novela sea, tal vez, una advertencia.                

                                                                                                S.M.D.

a&lSanta Bárbara Iscuandé,  segundo paso

En esta población la gente es amable y las calles limpias. El alcalde no está. El funcionario que debe atenderme habla con el comandante de policía. Espero junto a la puerta principal, frente a un parque. Encima de la alcaldía hay un puesto del orden. Enciendo un cigarrillo y un agente prepara su arma, llega otro y le dice que si van a almorzar, me mira y: Ahí está… Tal vez por torpeza le pregunto cómo se llama eso que le movió al fusil: Soltaba el seguro.

Abren la puerta de un cuarto oscuro, salen dos hombres. Uno joven con traje de particular sonríe. Hablan de goles como en Bogotá o en cualquier parte. De goles está lleno el mundo. El hombre alto es el de los pasos fuertes de derecha a derecha, tiene camuflado verde teniente y mira interrogante. El joven es el secretario de Gobierno, voy con él a una oficina sin luz.

Pido ver la biblioteca. Dicen cualquier cosa, evitan una respuesta concreta. Busco almuerzo. Tengo ansiedad y devoro lo que me sirven. Veo varios empleados de la alcaldía, los mismos que después, con uniforme de albañil, están en actitud de pintar la construcción. Ellos, a ratos, ayudan en la restauración de la casa. Tomo fotos. Hay varios estudiantes, se ocupan de los decorados. La multiplicidad de acciones es una fábula puesta en arena movediza. No expreso mis inquietudes.

Damos comienzo a la organización de la reunión. Por favor, ayúdenme, que vengan estudiantes, maestros, madres comunitarias, personas a quienes les guste la lectura. Decidimos encontrarnos en la iglesia. El sacerdote es receptivo. Un llamado por los altoparlantes. Alguien grita en las calles y otro toca en las puertas con la información.

a&lEntre tanto, desciende un helicóptero oficial. Quedan desocupadas las instituciones educativas. Se alista un pelotón. Una mujer pregunta quién soy y otra vez la página tres del libreto. Es una profesora, le expongo el motivo de mi visita y ella: Sí, soy maestra, mi escuela quedó sola porque los estudiantes salen a despedir a los soldados y a recibir a los que llegan. Es un suceso de no perderse. La maestra habla y habla. A los niños y adolescentes les gusta ser partícipes del evento, aunque sea el momento en que el ratoncito Pérez devuelve el queso robado. Aunque esté servido el mejor dulce. Es un espectáculo el desfile militar. El helicóptero aterriza muy cerca. Su fuerza mece mi cuerpo.

Algo se desprende de mí y cae entre la polvareda. Queda una llama, pica. El signo de lo que fue. Cientos de murciélagos en el cielo, en vuelo rápido, se funden con los nubarrones. Una rata dicta las sentencias por cumplir. Las ramas de los árboles también son avasalladas. Un tajo de su corteza entra a mi boca que, expuesta al sol y al silencio, es un barrote más.

Algo se desprende de mí y cae entre la polvareda. Queda una llama, pica. El signo de lo que fue. Cientos de murciélagos en el cielo, en vuelo rápido, se funden con los nubarrones. Una rata dicta las sentencias por cumplir. Las ramas de los árboles también son avasalladas. Un tajo de su corteza entra a mi boca que, expuesta al sol y al silencio, es un barrote más.

a&lVuelven los estudiantes a sus pupitres, invito a la maestra al encuentro. Y ella: Sí, yo quisiera estar, yo sí leo, pero no me permitirán hacer parte del comité. Le hablo de la importancia de su presencia y de llevar a otros colegas.

Cincuenta y dos personas atienden el llamado. La iglesia da cierta tranquilidad en la armonía de las estatuas. La mayoría de los asistentes son hombres y algunas madres comunitarias. Estas últimas se retiran al saber que no hay pago por incentivar a la lectura.

Debo repetir varias veces mi exposición porque dicen no entender. Entonces la personera se ofrece como traductora. Y los participantes le hacen decir y decir, y ella, conocedora de la paciencia, les lleva la idea. Con la interpretación de esta mujer logro concretar mi intervención. Al unísono insisten en lo del pago. Hablamos de la función social, del trabajo por la comunidad y empiezan los reclamos. Que el Estado los tiene abandonados. Que la UNESCO hace un manifiesto sin conocer sus necesidades, que por qué no mandan una persona del departamento de Nariño. De manera abrupta, la reunión se vuelve un coro de reclamos. Descargan en mí su resentimiento que termina por cerrar mi oído izquierdo.

Digiero los gritos con agua. Ese grito es la lectura en voz alta del tóxico que prepara mi estómago. La personera insiste en que voy con una tarea precisa y pienso que sí. Allí necesitan milagros y de eso no sé nada. También llevo mi carga. Ellos no saben de las partituras que hacen desconocidos en mi territorio. No les interesa saber de otras realidades. Arrojan sobre mí lo que nadie les quiere escuchar.

Se decide trabajar en grupos. Salgo por agua y al atravesar la iglesia veo agentes de policía firmes al lado de los santos. Arrastro mis pasos, en silencio, como sacan a los muertos de esos lugares. Uno de los oficiales dice que mi labor es inútil si no se les ofrece dinero. No les interesa eso de la lectura. Se ve que no es de la región. Parece descontento. Reviso la página uno del libreto: sonreír.

Vuelvo a la iglesia, llevo suficiente agua y me apoyo en su representante. Me veo en las Marías de yeso que empiezan a sudar. El sacerdote, incómodo, ve todo muy difícil, nadie trabajará si no se le paga. Él sí quiere ser promotor y además se siente orgulloso de dirigir los grupos de danza y música folclórica.

Como no logran ponerse de acuerdo, hacemos un receso. De pronto, encuentro una pintura, Las Ánimas, qué maravilla en medio de tanta incertidumbre. Viene hacia mí el secretario de Gobierno, dice que es la cuarta parte del original, que las tres primeras están en España. Ante mi alegría: Anteriormente los ecuatorianos tenían sus fincas aquí, donde hoy es Santa Bárbara Iscuandé y guardaban las obras de arte que compraban en España. El sacerdote cuenta de los muchos intentos por robarse la obra. El pueblo la cuida, saben de su valor. Pido permiso para una foto. No es un blanco y negro. No, es lo único bello en la región, Las Ánimas, y original, según los pobladores. El purgatorio en la promoción de lectura. Al llegar a Santa Bárbara Iscuandé supe que debía descontar un escalón antes del paso al infierno.

Alguna vez el señor A. llegó con las ánimas. La más alta era hermosa. Bailaba y lo llevaba al suburbio del horror. Supe de su tufo porque él traía la noche con almizcle de Diablo. Lo veía feliz. Un día sufriría. Sin embargo, lo cuidó por mucho tiempo. Le enseñó la ciudad de la oscuridad. Le dejó probar sus pechos. Le dio su leche y se le metió en su estirpe. El señor A. empezó a ser el dios de las tempestades y cuando no la podía tener, buscaba otras. Ellas lo descuartizaban y yo tenía que cuidarlo. Un día el ánima, que movía su cuerpo como un ave de las tinieblas, desapareció y con ella se llevó su calma; de paso, la mía también. El señor A. todavía la recuerda y la ama. Se acomoda feo, escupe y maldice.

Dice que un día mi país será una llanura llena de ánimas, porque ella se paseará desnuda con su sexo hambriento y será la reina por siempre, con cientos de princesas de tres ojos a su servicio. La espera en la entrada de la península de la Guajira. Ella se reproduce desde el sur donde cantan los niños ciegos. La percibo entre nosotros por el vaso que deja con el ruido que cambia de lugar los objetos.

El secretario habla de sus sueños. Una pausa del malestar en el oído, un olvido del zumbar en la cabeza. En Santa Bárbara Iscuandé se guardaban obras de arte. Ahora qué se esconde entre la maleza, qué deshonra a las vírgenes de la región. ¿Quiénes son estos personajes? ¿También tendrán libreto como yo?

Tengo vértigo, la maestra habla y su cabeza da vueltas frente a la mía. Soy un péndulo. Debajo de mis pies hay hielo. Su ideología va en contra de la politiquería. Se identifica con el sacerdote, pero él tampoco quiere sentarse a su lado. Veo que es señalada y no sé si tendré razón en lo que contextualizo. En la reunión la evitan como si tuviera gripa. No quieren que haga parte del grupo de amigos de la biblioteca. Como no quieren trabajar porque no se les paga, la maestra queda en el grupo por filtro natural de los acontecimientos.

Escogemos las lecturas, el sacerdote pide que sean textos con un mensaje humanístico. La mayoría pide libros de autosuperación, una constante en los diez municipios que visité.

Con el sacerdote hacemos la lista de los libros. Detrás del altar, tinto y galletas. En sus ojos veo su tristeza por mí. Me muestra los instrumentos de percusión y habla de sus actividades. Sus manos están atentas a las golosinas, hace que yo coma y deguste el dulce sabor del bien.

En el recorrido de regreso a El Charco, los que aún no han jugado al chance esperan en las orillas, ya tienen sus números y los dictan a nuestro paso. En la atmósfera queda la expectativa. El paliativo del acaso. El lanchero llena la boleta y recibe el pago. Se escucha el ruido de la selva, algo extraño que nunca se define. En el centro de la tierra una queja está por reventar. La lluvia sobre nuestros cuerpos es la única música que nos permite el río.

Extraño ese “Que le vaya bien”, suerte que alguien nos da. Vuelvo al cuarto a revisar el libreto. Veo mis manos, no reciben, tampoco pueden sudar. Y el ejercicio de siempre “reviéntese pero esconda el miedo. Tiemple las articulaciones para evitar que la adrenalina golpee contra el rostro”.

Mis ojos están a oscuras. Quiero pensarme en el rostro del sacerdote de Santa Bárbara Iscuandé. Estoy en Bogotá. Espanto cucarachas que se amontonan encima de mí en busca de calor. Intento recuperar mi pasado. No tengo ni la más mínima idea de mi nombre ni de la orquídea negra que nace en mis pies. El pulgar de mi derecha empieza a crecer y ya no cabe en la boca. Hay cuadernos tirados con palabras borrosas. Se retiene en mi vejiga un líquido pastoso. Hay noticias regadas debajo de la cama. De un rostro desconocido salta un diente sobre insectos amarillos. Hay partículas de cuerpos sin clasificar, se levantan del piso y chocan con los recuadros de la pared. Una foto cae al suelo y veo los ojos de una niña que me espera en la Calle de Mamá. Recojo el rostro y lo guardo. Estoy de pie, me sostiene la mirada del Señor A. Su ojo derecho está tapado de sangre. Sus ropas están mojadas. Abrazo los finos pedazos de su aliento. Está a punto de doblarse. No tengo fuerzas. Los dos caemos en un solo de llanto. Mi ojo derecho duerme entreabierto.

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ABRIÉNDOSE PASO con una “doliente solidaridad” en nuestra cínica indiferencia –somos un pueblo roto–, publica en 1989 un primer libro de poesía, con el que enfrenta ante sí misma  la barbarie, que ha sido desde siempre nuestra manera de entrar al Progreso –así lo llaman–, pues para América la globalización empezó  con la Conquista, a la que entramos chapaliando en nuestra propia sangre, y así seguimos hoy, cuando el capitalismo ha hecho metástasis. No, Mery Yolanda Sánchez no nos ha traído miel en su poesía: “nadie canta en la carreta que lo conduce al cadalso”, como le gusta repetir a Juan Manuel Roca las palabras del poeta John Donne, que en Mery Yolanda vuelven a doler, cobrando sentido, y denuncian una realidad que es más un castigo, monstruosa, arrojando oscuridad sobre madres, hijos, e incluso sobre los ya muertos, empozados en su cuerpo de mujer (“soy la sombra de muchas almas”), para servir de amanuense de un país criminal, con palabras tan duras que rompen  los labios de quien las pronuncia.

Su poesía “grita la noticia” puerta por puerta, la noticia del espanto, con amarga, áspera ironía, con negro sarcasmo, llamándola “la misericordia de Dios”, arrojándonos a la cara el estricto nombre con el que una vez nombramos nuestra alma.

Somos un país en donde la verdad es una sentencia de muerte, un país que entra a su poesía y la destroza, y ella la vuelve a hacer, la remienda, pero la cicatriz crece desde adentro, como un oscuro monólogo, como un manantial que no cesa… de llorar. El dolor de patria, una y otra vez. Pareciera decirnos: arráncate el vientre, mujer, pues te harán vomitar tu nacimiento.

Su poesía ha sido por más de veinte años un puñado de tierra en la boca, de cal, ardiente. Se los dijo ya, a nuestros amos, Rojas Herazo: “patria es esa tierra seca entre las uñas.”

Los caminos de la patria para su propia gente son: el de la huída –que desaparece–, el de la maldición y el del horror, en el que sólo “de rodillas” podrás avanzar.

En un breve y escueto poema, dice ella: 

La niña me miró, apretó su muñeco y se desplomó conmigo.

Poema que nos hace pensar en lo dicho, hace muchos años, por el poeta cubano Eliseo Diego:

Estaba un niño jugando en un patiecillo en ruinas con sus soldados de plomo a guerras de cortesía. Desierta la casa en torno, toda callada y sombría; sólo el rumor se escuchaba de la leve artillería. Se abrió de pronto la puerta, la cara el niño volvía: de miedo a él mismo en la puerta el alma perdido había. Cuida que cuando regreses desde el final de tu vida, pueda mirarte a la cara el niño que fuiste un día.

No, nuestra realidad no es natural, normal, civilizada, mucho menos amorosa, aceptable. Por eso su poesía es agria, áspera, acre, hiriente… Y, según parece, “la función… apenas comienza”. Nos dice Mery Yolanda en otro poema:

La mujer que asesiné hace tiempo lava su ropa con la sangre de mi boca.

Su infancia, su madre, su patria, sus hijas, su padre, pasados todos por un cernidor. Bestias horribles descienden de la oscuridad a beber en el agua de sus sueños. Cada orquídea de estos parajes es aquí un vómito de sangre: “Las mujeres arrullan” sus hijos “para la guerra”. Nuestra realidad raya los ojos. Cansada de “esconder el duelo”, de rodillas ante “su propia tumba”, sigue “el conteo de las oscuridades”, espantos, cantando vacíos. Hemos hecho de la vida un nudo ciego, y de nuestra casa “un hoyo”. El joven escritor Santiago Espinosa habla de su poesía, de una vida trunca, de sus poemas en prosa escritos al límite de la poesía misma y de su propia descomposición, sin dioses ni ley, sólo una “plegaria en las cenizas”, las “cuentas de un rosario roto”: último vestigio de salud para una historia enferma. O como dice ella misma, de manera brutal, de un país donde las almas tiene “doble fondo”: hemos convertido la vida en “un escupitajo”. Por eso su poesía es seca, como arena en los cuencos de los ojos. Del viejo rosal hemos salvado solo las espinas. Como nuevos ateos, aún seguimos culpando a Dios por el Mal en el mundo, por el mal recibido, no al gobierno ni a nuestro pobre, ebrio y libre albedrío.

S.M.D.    

Las manos del viento

Has vuelto con tu cuerpo tibio y una marca en la piel. Traes una culpa y la dejas en la habitación. Levantas las sábanas y procuras una hora despierta. Los pájaros de picos largos se alimentan de lo poco que queda. Un mendrugo de pan se recibe en el sonido que se va yendo y apenas es un aleteo el canto de los adioses.

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Un girasol se desvanece

Da tres pasos en la cocina. Enfila los tenedores, luego los tira. Es el halo del desaparecido en la mitad de la noche.

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Premisas

Hay barcos que viajan por tus párpados y peces ciegos se acumulan en la gloria de tus manos. Recordarás las historias de niños que regresaron viejos,
luego de la primera navidad. Confirmaste que es suficiente la vuelta al mundo en un gemido, para conocer las aves de presa del paraíso.      

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¿Qué ves?

Tu madre calla memorias en las arandelas de las oraciones para lucir en primavera. Y tú que estás en la mañana del ahora ¿sigues el conteo de las oscuridades? ¿Son tejas las que cubren la casa o son los aleros de las tumbas?         

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Nacimiento

Antes que el vuelo de las mariposas supiste de la infamia. Te enseñaron a no lanzar la flecha para evitar el arrepentimiento. Te dijeron que tenías que inventar una familia y la conseguiste completa para los asesinos. No esperaste los hijos de tus ganas. Viejo como estás, no llorarás por los que no nacieron, sabes bien que de ellos es la gloria de la eternidad.                               

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No quiere amanecer

Te faltaron manos para guardar la vida que te salía por entre los dedos. No precisabas las derrotas porque conocías la señal del vacío antes de tu nacimiento. Siempre tuviste perfil para asomarte a los torsos tranquilos. La infamia se vino contra ti, mientras tu madre, sí, ella, la que no ha regresado del dolor, te insistía en que tenías que aprender a cantar para ahuyentar el miedo.

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Arroz

Regaste las semillas que crecían en los cráneos y viste las niñas que volvían para cambiar de ropa a sus muñecas y acariciar casitas de algodón. Te fuiste con el susurro de las matas de plátano y no alcanzaste las faldas de la anciana que volvió para terminar de amasar el pan. Sabrás que ahora nadie se quiere ir y que por pedazos retornan las sombras para acomodarse otra vez, pero no encuentran dónde poner los pies.

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Julio 20

Esta mañana sacamos de entre el barro la loca que me tomó como su hija. Apretaba contra su vientre una muñeca que tenía mi nombre.

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Última páginas

Has tenido suerte, caíste en el patio donde crecen los niños que no piden un nombre sobre la tierra. No has podido contar los años que llevas descalzo. Te encontrarán con la tierra de tu patio en el rostro. Una que otra hormiga se deslizará por tu ceño dolido. Una fruta traerá un poco de ti. Tu madre volverá a lavar culpas en las piedras del agua que te habló por primera vez de primavera. Y tú habrás olvidado que te llamabas Carlos y que las lluvias te han dejado sin color.

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Señor juez

Sabré mentir tantas veces como usted quiera señor no importan las agujas tengo lleno mi cuerpo de dedales.

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Recomendaciones

Te advirtieron que debías cerrar los ojos de los muertos porque ellos insistían en los buenos días, que no olvidaras el vaso de agua por si regresaban sedientos de la jornada. Pasaste la mano por tus párpados para recoger la gota que dejarías debajo de tu cama.

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Mermelada

El vidrio da diferentes colores a las penas de las obreras. El fabricante degusta los sabores antes de colocar las etiquetas de: “empacado al vacío”.

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Patio

Una mano trata de entregarme la salida. La mujer que asesiné hace tiempo, lava sus ropas con la sangre de mi boca.

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De la vecina

Hay tantas enmiendas en el traje que me ahogo al plancharlo. Al pasar por el quiebre de la cintura mi madre tiende una perla roja. Doblo el cuello y mi padre pregunta desde el silencio. Cuando el botón queda entre mis dedos observo que la fiesta se acabó.

a&lCARLOS VIDALES murió en noviembre de 2014, en un exilio activo, fecundo, largo y libre, a la edad juvenil de 75 años. Conocedor de la trayectoria de personalidades de la política y las letras, como Salvador Allende, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Jorge Eliécer Gaitán, León de Greiff y Luis Vidales, su padre –de quien heredó su buen humor y su vocación política–, fue un nítido suceso de claridad, rigor, responsabilidad, exigencia y comprensión, virtudes con las que atemperó su pasión por la historia americana, como aventura del alma y lección humana. Anticlerical y nada convencional, fue un precoz admirador de Petrarca, Arcipreste de Hita, Rabelais, San Juan de la Cruz y Sor Juana, Walt Whitman, Antonio Machado, García Lorca, Rimbaud… ya que pensaba que literatura, economía, política, poesía, educación… formaban una sola vida, que también se llama cultura. “Quien no puede coexistir con gente que piensa diferente es un bárbaro”, dijo alguna vez, lo cual, dicho por un polemista radical como él, es un acto de civilización.

En este escrito suyo sobre José María Arguedas, recogido en la antología de textos publicados en el suplemento cultural del periódico Estravagario de Cali, dirigido por Fernando Garavito, están las cualidades que tenían su cátedra, sus charlas, conferencias, intervenciones y textos: conocimiento, carácter, riqueza afectiva, brillantez y firmeza ética… sin descartar la bondad.    

                                                                                                                  S.M.D.

CARLOS VIDALES

Arguedas: su corazón, Rey entre sombras

a&lAquel helado mediodía de agosto, José María miró a través de la ventana y dijo: — Ese sujeto debe estar muriéndose de frío. “Ese sujeto” era el árbol del jardín. Yo pensé, viendo brillar los claros ojos de Arguedas, que el enorme vegetal había sentido la fraternal preocupación del novelista. Porque José María era capaz de establecer con los objetos de la naturaleza —animales, plantas, ríos, montes—, una comunicación de espontánea camaradería. Todas las cosas respondían a su llamado, sencillamente porque respondían desde su propio corazón. “Oh corazón, Rey entre sombras…”. José María amaba ese poema de Javier Sologuren. Abandonado en la infancia, recogido y amado por los indios comuneros de los Andes peruanos, blanco entre indios hasta la adolescencia, indio entre blancos desde la juventud hasta la muerte, transitando en la vida, como por una escalera, todas las capas, estamentos y clases sociales del Perú, indio paria, indio comunero, indio obrero, cholo de servicio, empleado mestizo, profesor universitario, eminente antropólogo, gloria de la literatura, admirado, adulado y temido por la aristocracia limeña, rubio de ojos azules con corazón de indio, testigo estremecido de los seculares dolores de su pueblo, protagonista íntimo de su propia obra, habitante y constructor de los cuentos infernales y mágicos de Diamantes y pedernales, del trágico y solemne Yawar Fiesta, de la desconsoladora y tenebrosa novela El Sexto, de la inmensa ternura de Los ríos profundos y del riguroso estudio social de Todas las sangres, él había conocido tinieblas más hondas, más terribles que las sugeridas por el poeta: “He aquí que te he escrito, feliz, en medio de la gran sombra de mis mortales dolencias”, habría de decir al líder campesino Hugo Blanco, una semana antes del suicidio.

Era un niño apenas cuando su padre, abogado de pobres, perseguido por los grandes gamonales, debió dejarlo en manos de crueles parientes:

“El subiría la cumbre de la cordillera que se elevaba al otro lado del Pachachaca; pasaría el río por un puente de cal y canto, de tres arcos… Y mientras en Chalhuanca, cuando hablara con los nuevos amigos, sentiría mi ausencia, yo exploraría palmo a palmo el gran valle y el pueblo; recibiría la corriente poderosa y triste que golpea a los niños, cuando deben enfrentarse solos a un mundo cargado de monstruos y de fuego…”

Así nos contó José María esa separación en su novela Los ríos profundos. El 17 de mayo de 1969 le confesaba a su diario íntimo: “A mí la muerte me amasa desde que era niño, desde esa tarde solemne en que me dirigí al riachuelo de Huallpamayo, rogando al Santo Patrón del pueblo y a la Virgen que me hicieran morir…”

Siete días antes había escrito: “Anoche resolví ahorcarme en Obrajillo, de Canta, o en San Miguel, en caso de no encontrar un revólver. Ha de ser feo para quienes me descubran, pero me he asegurado de que el ahorcamiento produce una muerte rápida”.

Mientras el suicidio madura definitivamente en su
cerebro, José María va dando forma también a su última novela. Dicen los mitos antiguos de Huarochirí que el mundo consta de una parte de arriba y una parte de abajo. Estas dos partes se unen, de vez en cuando, gracias a dos zorros que conversan relatándose los pormenores de sus planos respectivos. Ese diálogo entre El zorro de arriba y el zorro de abajo es cabalístico, esotérico, pleno de ingenio y poesía. Arguedas introduce estos dos zorros en su novela: ellos le dan el título y le permiten explicar cómo “la parte de arriba”, la sierra peruana, se volcó hacia la costa, hacia “la parte de abajo”, en el auge tremendo de Chimbote, el gran puerto pesquero del Perú. Entretejidos con el hilo central de la novela aparecen los diarios íntimos de Arguedas; por ellos nos enteramos del proceso interno en cuyo cauce se va precisando el suicidio.

Entretanto, José María llega al más alto grado de comunicación personal con la naturaleza. Allá en la casa de Los Ángeles, en las afueras de Lima, yo le vi conversar frecuentemente con los perros de sus vecinos: Tarzán, Nerón, Laila, Poncho, Chalaco, El Doctor. Pero entiéndase bien:

“Muchas veces he conseguido jugar con los perros de los pueblos, como perro con perro. Y así la vida es más vida para uno. Sí; no hace quince días que logré rascar la cabeza de un nionena (cerdo) algo grande, en San Miguel de Obrajillo. Medio que quiso huir, pero la dicha de la rascada lo hizo detenerse; empezó a gruñir con delicia, luego (cuánto me cuesta encontrar los términos necesarios) se derrumbó a pocos y ya echado y con los ojos cerrados, gemía dulcemente…”

Yo era apenas un misti, un blanco. Esa comunicación con el mundo no humano sólo despertaba en mí una indefinida ternura. En cambio, él, entendía: era un indio, un indio quechua que además de haber sido moldeado por la experiencia secular y colectiva de los suyos, hombres que viven fundidos al corazón del universo, enredados al alma del orden natural, había también quedado solo —débil cachorro de hombre— en medio de “un mundo cargado de monstruos y de fuego”. Desde pequeño, buscando refugio, había puesto los sentidos atentos en el rumor de la hoja, el silbo del pájaro, el pulso imperceptible de la piedra, porque los hombres “algo nos hicieron cuando más indefensos éramos; yo recuerdo muchas cosas, pero dicen que las más peligrosas son aquellas de las que no nos acordamos. Así será”.

Así será, pues. Pero su risa explosiva ha quedado para siempre resonando dentro de mí; él tenía una carcajada que casi siempre le hacía perder el equilibrio. La repitió muchas veces ese miércoles, la antevíspera del disparo fatal; porque aquella noche, en un prodigio de simulación, la charla de José María fue feliz, ocultando su ya resuelto designio de matarse.

Pero también, durante los largos meses que en su casa viví, habíamos hablado de otras cosas que esa noche no recordamos. “El marxismo, decía, me dio disciplina, pero no mató en mí lo mágico”. Amaba a Melville, Dostoievski, Guimaraes Rosa, García Márquez.

Rulfo, el gran mexicano, era cuento aparte: “¿Quién ha cargado a la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencia, de santa lujuria, de Hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú?”

Y es que “la palabra, pues, tiene que desmenuzar el mundo”. Es el zorro de abajo quien habla así, en la última novela de Arguedas. Y dice: “El canto de los patos negros que nadan en los lagos de altura, helados, donde se empoza la nieve derretida, ese canto repercute en los abismos de roca, se hunde en ellos; se arrastra en las punas, hace bailar a las flores de las hierbas duras… ¿no es así?”

El zorro de arriba responde: “Sí. El canto de esos patos es grueso, como de ave grande; el silencio y la sombra de las montañas lo convierte en música que se hunde en cuanto hay”.

Y el zorro de abajo: “La palabra es más precisa y por eso puede confundir. El canto del pato de altura nos hace entender bien todo el ánimo del mundo”. Mientras los dos zorros dialogan haciéndonos conocer por qué el idioma de la naturaleza es, para los hombres del mundo quechua, más claro e inteligible que el idioma que brota de la boca humana, José María compone y recompone su novela. Cambia el orden original de los capítulos, corta mitades de página para trasladarlas de sitio con ayuda de la cinta transparente, intercala sus diarios íntimos. A veces parece confundirse y anota en mitad del relato: “¿A qué habré metido estos zorros tan difíciles en la novela”?

Ha estado trabajando en el libro en Santiago de Chile, donde, según dice, “soy feliz y escribo sin interrupciones”. Lee a sus amigos capítulos enteros de la obra. Escucha sugerencias. Pide consejos. Acepta transformar una y otra vez los nombres de los personajes. Consiente en dar a conocer la armadura, el esqueleto, la gestación íntima de la novela. Búsquese otro ejemplo parecido de humildad y modestia intelectuales en la historia literaria de América. No se encontrará.

En agosto de 1969 regresa al Perú con la estructura de la obra resuelta y el plan del suicidio en plena ejecución. Se reintegra a la Universidad. Los hechos políticos producidos en los claustros —luchas de facciones, incomprensiones, sectarismos—, acentúan la depresión de su ánimo. Pero no olvida sus afectos y convicciones profundas, y escribe “al pueblo hermano de Vietnam, llameante. A este pueblo que, en el medio mismo del mundo, en la edad del espanto, nos hace conocer que el fuego que hizo el hombre con su mano sigue ardiendo en el fuego de sus manos”.

“Cuando unas gentes, los yanquis, pretendieron inmolar en Vietnam al pueblo entero con máquinas de fuego, a fuego construidas, cuando creyeron que así podían dominar el mundo, el pueblo de Vietnam, con el sólo vigor de sus manos eternas, los ha hecho correr hasta la luna”.

Pero los estados depresivos son más frecuentes ahora. En los primeros días de noviembre decide dejar la novela como está. Envía con Sybila, su compañera, un ejemplar de su libro Todas las sangres, al dirigente campesino Hugo Blanco, preso desde hace cinco años en la cárcel-isla de El Frontón, retribuyendo así el relato que Blanco le enviara para animarlo, al saberlo decaído.

Pero los estados depresivos son más frecuentes ahora. En los primeros días de noviembre decide dejar la novela como está. Envía con Sybila, su compañera, un ejemplar de su libro Todas las sangres, al dirigente campesino Hugo Blanco, preso desde hace cinco años en la cárcel-isla de El Frontón, retribuyendo así el relato que Blanco le enviara para animarlo, al saberlo decaído.

Esa noche nos amanecemos José María, Sybila y yo. Ebrio de alegría, Arguedas nos lee una y otra vez la misiva de Hugo Blanco. Trasladamos la traducción al papel. A cada instante, José María exclama: “¡Es un indio! ¡Puro indio!”

Sí. Con él podía entenderse. Jamás se conocieron personalmente, pero Hugo Blanco lo había comprendido mejor que los mejores críticos, mejor que sus mejores amigos mistis. Él era de los suyos: “hermano Hugo, querido, corazón de piedra y de paloma… hermano Hugo, hombre de hierro que llora sin lágrimas: tú, tan semejante, tan igual a un comunero, lágrima y acero”.

El suicidio se posterga. La respuesta al hermano Hugo, también escrita en quechua, deberá ser un mensaje de esperanza y de solidaridad, pero también una despedida cuidadosamente redactada para que su significado profundo sólo pueda descubrirse después de la muerte: “Yo no estoy bien, no estoy bien; mis fuerzas anochecen. Pero si ahora muero, moriré más tranquilo. Ese hermoso día que vendrá y del que hablas, aquel en que nuestros pueblos volverán a nacer, viene, lo siento, siento en la niña de mis ojos su aurora; en esa luz está cayendo gota por gota tu dolor ardiente, gota por gota, sin acabarse jamás…”

La noche de aquel miércoles, cuarenta y ocho horas antes del disparo fatal, José María me preguntó sobre la posibilidad de publicar su breve y conmovedora correspondencia con Hugo Blanco. Quería que fuese una revista de izquierda, extranjera, Punto final, la primera en dar a conocer esas cartas. Pensaba que ello ayudaría a la campaña internacional en favor del indulto para el líder campesino. Me comprometí a adelantar mi previsto viaje a Santiago de Chile para cumplir sus deseos, y de común acuerdo fijamos la fecha de mi partida: sería el domingo siguiente.

a&lPero el viernes se desató la tragedia.

Mañana se dirá, tal vez, que lo mató el cansancio, la incomprensión o la neurosis. Pero mientras existan los “pongos”, los siervos de la tierra; en tanto suene en el aire “el rezo de las señoras aprostitutadas, mientras el hombre las fuerza delante de un niño para que la fornicación sea más endemoniada y eche una salpicada de muerte a los ojos del muchacho”; mientras los indios de las punas sean “piojosos, diariamente flagelados, obligados a lamer tierra con sus lenguas”, mientras existan la injusticia, la humillación y el oprobio, habrá muchos Arguedas muriendo y renaciendo sin cesar en el doliente pero algún día victorioso corazón de los que sufren.

Sí: “tremenda y deslumbrante la aurora me mataría, si yo no llevase, ahora y siempre, otra aurora dentro de mí”, era la frase de Whitman que Arguedas repitió incansablemente durante nuestras largas conversaciones. Porque habiendo perdido hasta la fe en sí mismo, jamás perdió la fe en el porvenir de los suyos. José María se disparó un balazo en la cabeza el viernes 28 de noviembre de 1969. Pero durante cinco días terribles estuvo aún latiendo su poderoso corazón, rey entre sombras.

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