Home Política EL VOTO DE LA CONCIENCIA TRANQUILA

Mario Alejandro Valencia. Revista Deslinde /13 de junio de 2014

 

Millones de colombianos -de generación en generación- nacen, crecen, se reproducen y mueren llevando una vida cargada de indignidad. Sin acceder a las mínimas condiciones de una vida decorosa. Por eso somos uno de los territorios más desiguales del planeta.

¿A cuántos colombianos se les va la vida sin poder dormir una sola noche en una vivienda decente, comiendo más para llenarse que para alimentarse, sin haber gozado de los avances maravillosos de la humanidad en transporte y comunicaciones, con trabajos oprobiosos que agreden su condición humana?  ¿No es muy triste –e injusto por demás- pasar por la vida sin disfrutar de las mínimas comodidades que otros sí gozan?

Las causas de esta situación son bien conocidas. Colombia no es un territorio pobre, pero sí empobrecido por una clase dirigente que nunca ha tenido un proyecto de país. Su único interés ha sido el de lucrarse particularmente y lo ha conseguido entregando las riquezas que nos pertenecen a todos, a un puñado de negociantes del capital extranjero y a poderosos grupos económicos mundiales. Mientras esta clase dirigente se enriquece, condenaron a su propio pueblo al atraso y a la miseria.

Juan Manuel Santos y Oscar Iván Zuluaga hacen parte de esta clase, que lleva décadas arruinando al país. Todas sus acciones están dirigidas a beneficiarse ellos y sus compinches, mientras Colombia se aleja cada vez más de las naciones que han logrado avances en calidad de vida para sus gentes.

La salud, educación y servicios domiciliarios son un desastre, excepto si se tienen los recursos suficientes para acceder a los de mejor calidad, que son –¡que coincidencia!- aquellos controlados por sus mismos socios. Las carreteras son unas trochas y las que no, están concesionadas a privados que cobran peajes carísimos. En la práctica, aunque no hay restricciones legales para desplazarse de un territorio al otro, sí las hay en materia económica. Con un salario mínimo, como el que ganan más de la mitad de los trabajadores, “Vive Colombia, Viaja por ella” no es más que un lindo sueño.

El mayor empleador que tiene el país son los semáforos. Cientos de miles de colombianos sobreviven del rebusque, porque la producción agrícola e industrial del país está en vías de extinción. Cada vez más los alimentos y las mercancías que consumimos son traídas del extranjero y como no hay fábricas ni cultivos, tampoco hay empleos que permitan acceder a las importaciones que nos inundan.  “Familias en acción” se convirtió en un sistema mortal para reemplazar salarios por asistencialismo (y votos amarrados, por supuesto), en un círculo vicioso que nunca sacará al país del subdesarrollo.

Santos y Zuluaga han sido responsables de esta situación en las últimas décadas. Ambos han vivido y disfrutado de las mieles que les ha producido el haber renunciado a convertir a Colombia en un país próspero del cual sentirnos orgullosos. Ambos han hecho parte de la dirección del Estado que les ha entregado a las multinacionales extranjeras el control del petróleo, el carbón, el gas, el níquel y el oro. Ambos han negociado, firmado y aprobado tratados de libre comercio que eliminaron cualquier posibilidad de que nuestro país siga el mismo camino que recorrieron las potencias económicas del planeta.

Entones, ¿cómo es posible escoger a uno de ellos el domingo, para seguir aplicando esta política antinacional, y levantarse con la conciencia tranquila el lunes? Yo no podría hacerlo, por eso votaré en blanco y seguiré luchando cuatro años más –y los que sean necesarios- para que la realidad de millones de colombianos cambie de verdad.

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