Santos: Un ocaso lleno de desesperación
Editorial. Revista Deslinde No 53
Juan Manuel Santos no ha sido un presidente carismático. El secreto de su éxito electoral y de su larga carrera en altos cargos gubernamentales no es producto de su encanto personal, ni de su don de gentes, liderazgo o inteligencia. Ha sido el fruto de una ambición ilimitada y calculada, de una lealtad inigualable a los gobiernos de Estados Unidos, y de un astuto y clientelista manejo de los resortes del poder. Sus últimos resultados electorales se debieron a su asociación con Álvaro Uribe, pero una vez electo ha tratado de aparecer como distinto del ex mandatario, con una mezcla de reformismo y firmeza, con los cuales trata de mantener el apoyo de quienes añoran la mano dura de Uribe y de quienes ven necesarios algunos cambios en la manera de gobernar.
Descendiente de la más rancia oligarquía bogotana, no ha podido reencauchar el populismo de derecha ni el paternalismo de su antecesor, ni logra las adhesiones incondicionales y fanáticas que aquel tuvo. Es ante todo un manipulador, una persona que calcula sus jugadas. Careciendo de las dotes de la improvisación y de la reacción rápida, se vale de toda la parafernalia del poder para enviar mensajes que aparentemente satisfacen las exigencias populares o que por lo menos le permiten tener una cierta popularidad, hoy en pleno declive. Con este manejo logró instaurar el gobierno de la Unidad Nacional e incluso que sectores, como los Verdes, se le unieran y que los llamados Progresistas le dieran un voto de confianza, logrando el milagro de que, siendo ex ministro de defensa de Uribe, aparecer como un demócrata pulquérrimo y un insigne reformador. Pero la historia, la política y ante todo la economía terminan revelando la verdadera faz de los personajes y esto es particularmente cierto en períodos de crisis. Ahora, después de tres años de gobierno, se le está derrumbando todo y el país se le deshace en las manos.
Primero, anunció una revolución agraria que muchos compararon con las propuestas de López Pumarejo, habló de una reparación a las víctimas y de reivindicación del derecho a la tierra, anunciando inclusive una gigantesca reforma agraria. Terminó con unas reparaciones escasas y con tierras entregadas a grandes capitales en proporciones inimaginables y, con un grupo de sus ministros devanándose los sesos para legalizar fraudes como los que obligaron a su embajador en Washington, e íntimo amigo, a renunciar. Su gobierno, que prometió la transformación rural, enfrenta hoy la insubordinación de los productores de leche, café, arroz y cacao entre otros, que se movilizan por las promesas incumplidas, el abandono y la desprotección del agro.
Cuando cayó el tinglado del negocio de las Empresas Promotoras de Salud (EPS) que hicieron un festín con los dineros de la salud, anunció un cambio drástico que culminó con la expedición de una ley estatutaria que básicamente prolonga el mismo sistema que había colapsado, y no ha frenado la especulación con los medicamentos que tienen en Colombia, los más altos precios del mundo. Quiso y seguramente perseverará en ello, eliminar la tutela, único mecanismo de defensa de los enfermos desatendidos.
Anunció cambios en la política internacional y efectivamente restableció las relaciones normales con los vecinos y participó en Unasur y la Celac, pero a la vuelta de la esquina se comprometió con el proyecto neoliberal de la Alianza del Pacífico, recibió en la Casa de Nariño al golpista Enrique Capriles y anunció la asociación con la OTAN, que tiene un prontuario de invasiones en su haber en sitios como Afganistán, Kosovo e Irak y que es la punta de lanza del dispositivo militar estadounidense.
En la Cumbre de las Américas anunció un viraje en la guerra contra las drogas y la galería aplaudió. Pasaron los meses y ante la reiterada negativa gringa de modificar su política en esta materia, recogió las banderas y no volvió a hablar del tema.
Su gobierno denunció los privilegios tributarios de algunas grandes empresas, atrincheradas en los llamados Paraísos Fiscales y favorecidas tributariamente con multimillonarias exenciones. Después de pensarlo durante meses, tramitó una reforma que dejó intactos los beneficios y lleva tres cuartas partes de su gobierno tratando de establecer cuáles son tales paraísos fiscales, que todo el mundo conoce menos los funcionarios del gobierno. La reforma fue un laberinto que ha merecido varios decretos aclaratorios que nadie ha logrado descifrar, pero logró el objetivo, desviar la atención de los verdaderos beneficiarios de la misma: los grandes capitales y las empresas multinacionales.
Le ha declarado la guerra a los pequeños y medianos mineros y ha protegido a las grandes empresas a las cuales ha dado nuevos privilegios, como es el caso de Cerromatoso, creando un clima de malestar y rebeldía en numerosas regiones.
Ha sido un defensor a ultranza de los tratados de libre comercio, culminando las negociaciones de los iniciados por Uribe y comenzando nuevos con varios más, considerándolos la salvación del país. Después terminó anunciando, sibilinamente y ante la evidencia de una creciente desindustrialización y de quejas de los sectores productivos, que ahora se haría más énfasis en la política industrial que en los TLC, pero diciendo a sotto voce que estos TLC no los abandonaría.
En medio de esta cadena de fracasos que ha llevado a movilizaciones populares de intensidad no vista en la historia reciente, decidió contraatacar y acusó al senador Jorge Enrique Robledo y al Polo Democrático Alternativo de estar generando desordenes y violencia. Con esta acusación desesperada y sin fundamento, ha querido enlodar al único Partido que desde comienzos de su gobierno ha declarado una oposición a fondo, civilista y basada en el apoyo a las demandas populares.
Parece que se le acabó a Santos el margen de acción para enviar mensajes, ambiguos y engañosos, y está mostrando su verdadero talante. La hilera de fracasos, pasos en falso y bravuconadas no hacen más que reflejar el fracaso de un modelo económico, un régimen antidemocrático y los límites de un poder presidencial que se esfuerza de todas las maneras posibles en ocultar la verdad que los colombianos perciben como muy grave todos los días.



