Home Destacados El Precursor Antonio Nariño, a 250 años de su natalicio

Gabriel Fonegra
Periodista

A mediados de 1796, tras fugarse de Cádiz en su primera escala por las mazmorras del imperio, Don Antonio Nariño arribó a Londres y pidió allí ser recibido por el primer ministro William Pitt. No obtuvo el pase, pero el Foreign Office propuso en su lugar a Míster Patrick Campbell, un personaje que va a tener figuración más de dos décadas después en la Repú- blica de Colombia.

En la entrevista, el fugitivo le hizo ver al inglés las enormes ventajas que le depararía a Albión el librecambio con una Nueva Granada independiente. Campbell condicionó el apoyo en hombres, armas y dinero a que el patriota granadino le aceptara allí mismo convertirse en agente del imperio británico. Su misión —sumisión— no sería otra que la de anexionar el territorio liberado a los dominios del rey Jorge III. El mismo Precursor dio testimonio a la posteridad de su actitud erguida y valerosa, digna de ser hoy imitada por los demócratas auténticos frente al abyecto baratillo con el que Santos ha degradado a la nación: “Negueme enteramente a esta propuesta — escribe Nariño—, porque jamás fue mi ánimo solicitar una dominación extranjera”1.

Que los conspiradores más ilustres miraran hacia el Támesis no resultaba un hecho extraño. Londres era la Roma, el Vaticano de la Revolución Mundial Burguesa. No fue solo Nariño. Lo habrán de hacer años después Bolívar y Miranda, Pedro Fermín de Vargas —el segundo de los grandes precursores y cuya profesión sería hoy la de economista—, Camilo Torres, Zea y muchos más.

Los nexos de los criollos con el país del librecambio y la Revolución Industrial no eran recientes. Al amparo del tráfico ilegal con Jamaica, Trinidad y demás islas inglesas y del legal con la metrópoli, se había ido conformando una aún inmadura burguesía, ligada estrechamente a las ideas ilustradas, y de la que Nariño hacía parte. Es ella la que va a desempeñar el papel dirigente en las revoluciones de Independencia a lo largo de Nuestra América.

Ya el Caribe no era un charco español, o por lo menos no exclusivamente. El Tratado de Utrecht, que le fue impuesto al rey borbón casi arrancando el Siglo de las Luces, había comenzado a barrenar el riguroso monopolio que mantenía la Casa de la Contratación en Cádiz y Sevilla. Los aires que soplaban por el revuelto mar de los caribes subvinieron también, de carambola, a Holanda y Francia, asentadas en Curazao, las Antillas Menores y Haití.

Las ideas de Montesquieu, Rousseau, Adam Smith y demás ilustrados se colaban a Cartagena, La Guaira y Veracruz, camufladas entre las telas y las manufacturas, para nutrir la mente de una estudiosa juventud abierta al cambio y, sobre todo, dispuesta a desafiar la tiranía. Por el mismo Caribe se entraron a escondidas los primeros ejemplares de la Constitución de Filadelfia, traducida por Antonio Nariño para el Arcano Sublime de la Filantropía, una de las tertulias clandestinas instaladas en Santafé. No alcanzó a publicarla, pero de su taller, hermosamente llamado Imprenta Patriótica, va a salir a la luz la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, un folleto de cuatro páginas difundido por todo el Virreinato. Llegó hasta Popayán, según se afirma, pero, curiosamente, cuando en el juicio que se le instauró a Nariño se intentó presentarlo como prueba, no consiguió la autoridad hacerse ni a un solo ejemplar.

El más consecuente

Entre las diferentes facciones que formaron el bando antiespañol durante la Primera República, representaba Don Antonio Nari- ño la tendencia más avanzada y consecuente. Suelen hoy coincidir los tratadistas en que el Partido de la Independencia, si es que se puede hablar así, no contaba con un programa económico propiamente dicho. Si Bolívar, el estratega e ideólogo, logró unir en un solo haz a sectores sociales tan disímiles y hasta con intereses contrapuestos, fue porque puso como eje el rompimiento con España y la conquista de la soberanía. Comprender este solo vínculo, absolutamente estratégico y vital, fue lo que permitió al Libertador conquistar la victoria en Boyacá. La cuestión nacional sigue estando vigente como piedra angular del frente único. El Precursor, en cambio, sí había hecho unos esbozos de programa económico. Sus propuestas centrales, resumidas en el Plan de Administración remitido desde la cárcel al rey Carlos IV de Borbón por intermedio del virrey Mendinueta, apuntaban a fomentar la agricultura, la minería y el comercio, como también la iniciativa privada en ramos aún artesanales como el de la locería. Como requisito indispensable para dar fuerte impulso a la producción, le sugirió a la autoridad eliminar las alcabalas, el estanco y algunos otros tributos indirectos, sobre todo los que pesaban sobre el tabaco y el aguardiente: “Las alcabalas interiores son un obstáculo invencible para la prosperidad del Reino, que limitan la extracción y el consumo, y por consiguiente la prosperidad del mismo ramo”2.

Pedía en su lugar un tributo directo, la llamada capitación, de $8 pesos anuales, cancelable por todo hombre o mujer en edad laboral, incluidos los religiosos, previo un aumento de salarios a las capas más pobres.

Para impulsar el librecambio, tanto interno como internacional —en ese momento, ya no ahora, motor de la acumulación originaria—, era preciso mejorar los caminos y acrecentar el numerario. Para ponerle coto a la moneda macuquina, práctica fraudulenta muy común, Nariño sugería reemplazar las morrocotas de plata y oro por moneda de cobre y papel moneda.

Estimaba apremiante suprimir los derechos arancelarios sobre el cacao: “El cacao se hace cada día de un uso más universal; su cultivo no ataca a la población, ni hace temer la competencia; es una de las producciones que más convienen a este suelo; esta es su patria, y su consumo en algunas partes de España y en toda la América se puede mirar como de primera necesidad” 3.

Abogaba por los impuestos directos y por una “repartición proporcional”, pero sobre la base de una producción cada vez más diná- mica: “Las rentas de la república no pueden salir sino del producto del capital nacional, y si nuestro comercio, nuestra agricultura y nuestras nacientes fábricas no prosperan y siguen deteriorándose, en vano son los más sabios reglamentos”.4

No menos acertada fue su defensa de un Estado nacional unitario, condición necesaria para la formación del mercado interno. No le cuajó el intento. Su propuesta de República centralista no acertó a convencer a los rivales, en especial a quien le disputaba el liderazgo, el abogado Camilo Torres. La secuela, un Estado con dos cabezas, la una en Tunja, la otra en Santafé, diez o doce Juntas Supremas de Gobierno y un caos al que el propio Nariño bautizara Patria Boba.

a10¿Por qué el apelativo? Tras el Grito de Independencia, lo que se puso a la cabeza fue una élite dirigente todavía inmadura en lo ideológico y que no comprendió la urgencia de allanarle el camino a la unidad nacional —como sí van a hacerlo años después Bolí- var y Santander— para salvar las contradicciones secundarias entre federalistas y centralistas. Dejó por el contrario que se volvieran antagónicas, hasta desembocar, entrado el año 1812, en la primera guerra civil del siglo XIX. Quien terminó unificando a los patriotas fue paradójicamente el Pacificador, pues fusiló a los unos y a los otros sin molestarse en preguntar a qué bando pertenecían.

En un segundo plano

Sabido es que el avaro destino les reserva a los precursores un puesto principal en el estrado, pero en segundo plano. No les deja tampoco cosechar las primicias a la hora de la victoria. Si no llegó Nariño a ser el jefe indiscutible de la nueva República, fue porque España lo mantuvo en prisión dieciséis años.

La Real Audiencia lo llevó a juicio como reo de alta traición por haber publicado los Derechos del Hombre, los diecisiete artículos aprobados cinco años antes por la Asamblea Nacional de Francia. Lo sindicó además de promover el movimiento estudiantil conocido como conspiración de los pasquines, un grupo de muchachos del Rosario y el San Bartolomé dedicado a fijar afiches con estrofas satíricas contra la autoridad. Nariño y siete de los jóvenes, entre ellos, Sinforoso Mutis, el sobrino del sabio, fueron condenados a hundirse de por vida en las mazmorras africanas. Nariño logró huir no más pisar el Viejo Continente.

Pudo volver a Santafé apenas en el año 97. Poco le iba a durar el veranillo indio, pues de nuevo fue puesto preso, acusado por el virrey de estar en connivencia con los conspiradores caraqueños Manuel Gual y José María Espa- ña. Logró salir a los seis años, por motivos de salud, pero en arresto domiciliario. La autoridad tornó a aprehenderlo en 1809 y lo envió al socavón de Bocachica, en Cartagena, de donde lo sacó al año siguiente la Junta de Gobierno establecida poco antes.

De nuevo en Santafé, Nariño sucedió en la presidencia del Estado de Cundinamarca a Don Jorge Tadeo Lozano, a quien tumbó del puesto, literalmente hablando, pues le armó una asonada, secundado por el chispero José María Carbonell y dando china él mismo desde su semanario La Bagatela.

En 1813 partió al frente del ejército granadino buscando conjurar la ofensiva lanzada desde Quito por el general Aymerich. Tras obtener unas cuantas victorias al inicio de la campaña, el Precursor Nariño fue entregado a Aymerich tras un confuso hecho sobre el que los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo. Caso increíble. Cuando fue descubierto por unos indios pastos, el general en jefe de las tropas patriotas estaba solo, caminando perdido por el monte.

El jefe de la Revolución fue vuelto a encarcelar en la isla de Cádiz, donde permaneció hasta 1821, cuando lo liberó la Revolución de Riego.

Aquel mismo año, Bolívar lo acogió en Angostura con muestras de camaradería y lo designó vicepresidente interino de Colombia, cargo con el que tomó parte en la Asamblea Constituyente de Cúcuta y que dejó poco después. Declinó también el nombramiento que le hiciera el vicepresidente Santander, ya por entonces presidente en ejercicio, al designarlo general en jefe del ejército de Cundinamarca. Elegido por esta misma época senador de la República, debió hacer frente a una serie de acusaciones que le hicieron sus adversarios. Salió con éxito del trance, pero poco después, gravemente enfermo, debió retirarse de los asuntos públicos hasta la hora de su muerte, en 1823. Santander resume así sus diferencias con Nariño: “Nuestras desavenencias, que fueron de corta duración, provinieron de la contrariedad de nuestras opiniones sobre la forma de gobierno; yo sostenía la Constitución de Cúcuta, porque así lo había prometido con un juramento solemne, y él la censuraba, porque así lo creía conveniente al procomunal. Nosotros debatíamos la cuestión por la imprenta, y dejamos correr mutuas personalidades. Bolívar, aferrado a la unión central, que había sido su proyecto favorito desde bien atrás, sostenía de su lado la contienda, hasta que él mismo me aconsejó terminarla en bien del país. Se terminó efectivamente por una explicación franca y verbal que tuvimos a solicitud suya, y por mi parte fue tan ingenua, que conferí a Nariño la Comandancia General del Departamento de Cundinamarca. Su edad, sus padecimientos desde 1794 y sus enfermedades lo condujeron al sepulcro. Pruebas de una alma elevada y enérgica había dado en el trascurso de muchos años de persecución, para atribuir a aquellas diferencias tan pasajeras la apertura de su tumba”.5

______________________________________

1. Soledad Acosta de Samper, Biografía del General Antonio Nariño, Biblioteca Virtual Biblioteca Luis Ángel Arango, Capítulo “Nariño en Francia e Inglaterra”.

2. Ibíd., Capítulo “Plan de Administración en el Nuevo Reino de Granada”.

3. Ibíd.

4. Citado por Enrique Santos Molano, Antonio Nariño, filósofo revolucionario. Biografía, Bogotá, Planeta, 1999, p. 536.

5. Francisco de Paula Santander, Apuntamientos para las memorias de Colombia i la Nueva Granada. En www.banrepcultural. org/…/apuntamientos-para-las-memorias-sobre-colo…

Descargar

 

 

Leave a Reply